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Las emociones no se aprenden en la teoría, sino en la práctica; se sienten y cuando se es niño se van descubriendo en el día a día. Pero hay una tendencia que va contra natura y pretende que exista un método para sentir.

Para entender por qué es contra natura enseñar a los niños cómo deben sentir y qué hacer con sus sentimientos hay que voltear a ver de dónde viene todo esto. En las últimas décadas se ha planteado la necesidad de desarrollar la inteligencia emocional como una manera de fomentar el crecimiento integral de la persona, pero también es una manera de prepararse para los trabajos de la Cuarta Revolución Industrial.

El conocimiento y las habilidades de razonamiento lógico no sirven de mucho si no se elige con asertividad cómo usarlas, esas decisiones están basadas en las emociones. En el artículo “Sentimos, por lo tanto, aprendemos la relevancia de la neurociencia afectiva y social para la educación” de Helen Immordino-Yang y Antonio Damasio, las emociones son “una fuerza fundamental del aprendizaje“.

De acuerdo con el informe de la Fundación Botín sobre “Educación Emocional y Social. Análisis Internacional”, la infancia cada vez dura menos porque las personas necesitan preparase intelectual y emocionalmente para la etapa adulta a menor edad, por lo que las escuelas no pueden mantenerse al margen.

Existen casos documentados donde el sistema educativo está haciéndolo bien: los educan para lo inesperado, la autorregulación, observación y comprensión de sus emociones para que sean capaces de ajustarlas, gracias a esto los niños aprenden a controlar sus emociones y conducta, ejercer autocontrol y autodisciplina, además de resistir impulsos, según el mismo informe. Sin embargo, hay otros casos en que la forma en qué lo hacen no es la más adecuada.

En algunas escuelas, la parte emocional se enseña como si se tratara de instrucciones para sentir, totalmente alejada de lo que es en realidad esta parte del ser humano. Ese recetario escolar está desprovisto de imaginación, a decir de Elisa Martín Ortega, investigadora y escritora.

Los programas utilizan el lenguaje de manera literal abandonando la metáfora y el juego. En consecuencia enfrían los sentimientos, que por naturaleza son pasionales. Este método de enseñanza se distancia y aleja de las emociones, presentándolas como algo medible y perfectamente controlable, pero ignora que las emociones despiertan pasiones y se sienten como propias, lo que permite generar empatía.

Inteligencia Emocional

Las emociones se aprenden en la experiencia y la mejor simulación de eso es quizás el juego. No obstante, de eso se han olvidado en algunas escuelas, se limitan a enseñar la relación entre una expresión facial y la ira, felicidad, tristeza, asco, etcétera.

Lo que predomina en este tipo de ejercicios, siguiendo a Martín Ortega es, que las explicaciones teóricas simplificadas bastan para que los niños desarrollen su capacidad de convivir con sus sentimientos.

Los sentimientos no son ese significado plano que quieren darle. Son contradictorios, puedes experimentar felicidad y tristeza respecto a una misma cosa o en un mismo momento. Aprender a sortear esa incompatibilidad es lo que se necesita para tener inteligencia emocional.

Si en la escuela de tus hijos no hay programas que desarrollen estas habilidades, los cuentos infantiles y los juegos son una opción para que como padres ayuden a sus hijos. En caso de que el colegio sí cuente con actividades encaminadas a la educación emocional, saber cómo lo hacen es importante para ver cómo complementar esa parte de su formación.

Sobre la autora: Kayleigh Bistrain.

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