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Normalmente cuando pensamos en la palabra “educación” vienen a nuestro pensamiento conceptos e imágenes referentes a escuelas, instituciones, buenos modales, inteligencia y demás asociaciones relativas a ese proceso formativo del cual todos hemos sido sujetos; si bien la educación es un concepto amplio que no se refiere solo al contexto áulico e institucional, es común que lo pensemos así, sobre todo en estos días en que la educación es tema de debate nacional; valdría la pena por tanto preguntarnos, entre muchas otras cosas, qué factores son determinantes en este proceso, seguramente existen muchos, pero en esta ocasión me gustaría enfatizar en el aspecto emocional que muchas veces tendemos a dejar de lado y que dicho sea de paso, no está del todo trabajado en las reformas que en años recientes se vienen realizando al sistema educativo.

Educación emocionalHablemos primero de la naturaleza del ser humano, partamos del hecho de que es un ser biopsicosocial, lo cual quiere decir que se compone esencialmente por tres ejes nodales: el componente biológico que engloba todos los sistemas fisiológicos y anatómicos que regulan al ser humano, el componente psicológico que se compone de las habilidades cognitivas, del pensamiento, pero también de las emociones de las personas; por último el componente social que contempla todos los aspectos relativos a la cultura y las interacciones que se establecen en sociedad. Sumamente complejo es el papel de la educación si entendemos que debe formar a las personas en la integridad, es decir, atendiendo cabalmente los aspectos anteriormente citados, pero el problema es mayor cuando constatamos que el sistema educativo formal privilegia principalmente el aspecto meramente intelectual que representa solo una parte del eje psicológico de las personas, ya no hablemos del biológico y el social; ahora bien hablemos de las emociones y el papel que juegan en la formación de los alumnos sea cual sea su edad, pensemos en qué tanto el estado de ánimo que tenemos en cierto día puede obstaculizar o potenciar al máximo nuestros aprendizajes, porque si bien es cierto que se nos evalúan nuestros saberes y competencias para poder insertarnos al mercado laboral y dinámica social, lo cual es totalmente aceptable, también sería importante que nuestras inteligencias emocionales fueran evaluadas y potenciadas al máximo para asegurar nuestro éxito personal y profesional.

Adentrarnos en materia de las emociones nos puede llevar cierto tiempo y espacio que en estos momentos no tenemos, aunque en otros artículos trataremos de hacerlo, pero sí podemos empezar haciéndonos algunas preguntas clave para saber que tanto nuestros hijos o los estudiantes que están a nuestro lado están cubriendo este aspecto de su formación. La dinámica que el profesor maneje en el aula de clases es vital para el alumno, es el ambiente de aprendizaje que establezca basado en la confianza, el respeto, la ayuda y la aceptación lo que motivará a nuestros estudiantes a estar abiertos al aprendizaje, los padres de familia deben siempre estar al pendiente de esto y trabajar en conjunto con el profesor para mantener una estabilidad en el alumno, enfatizo en la parte del trabajo en conjunto ya que sería un error esperar que el profesor en solitario logre con el alumno lo que en casa no se trabaja, al exigir el padre de familia se compromete a apoyar, los ambientes de aprendizaje no se dan solo en el aula, se construyen también en el hogar donde los padres y familia en general deben seguir inspirando confianza y seguridad al estudiante, ayudarle a construir un autoestima sólida que le ayude a sortear los retos que su proceso educativo le depare; basado en un ambiente familiar permeado por el respeto, la tolerancia, la responsabilidad pero sobre todo el amor, seguramente el estudiante tendrá muchas más oportunidades de aprender y superarse día con día.

Preguntémonos como papás, ¿Cuál es mi actitud cuando hago tarea con mi hijo o hija? ¿Lo regaño por sus errores o le ayudo a que aprenda de ellos? ¿Le afirmo siempre que es capaz y que lo puede lograr o enfatizo en sus equivocaciones? ¿Lo comparo constantemente con los demás o ayudo a que se acepte y detecte sus áreas de mejora? Camino a la escuela ¿Lo voy regañando o procuro que entre tranquilo a sus clases? ¿Le doy un beso y abrazo antes de que entre a su escuela o solo abro la puerta del carro para que se baje? Cuando llega de la escuela ¿le pregunto cómo le fue o simplemente sigo con la rutina diaria? Estas y otras preguntas podrían comenzarnos a dar luz sobre las emociones que mi hijo o hija están poniendo en juego a la hora de aprender.

Sobre el autor: Alejandro Rodríguez

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